Reflexiones

El Espíritu Santo es el mismo Ayer, Hoy y Siempre

Pbro. Ramón Tapia Rodríguez.

El titulo de este artículo viene de lo que dice la carta a los hebreos: “Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y lo será para siempre” Heb13,8. Pentecostés también no es un punto de la historia pasada, sino que el Espíritu Santo se sigue manifestando hoy igual que ayer en el primer Pentecostés y lo será siempre. Pentecostés es hoy, es un hoy permanente.  Por eso oremos como lo hace la Iglesia en esa fiesta: “Infunde tu Espíritu en el corazón de tus fieles para que obre las mismas maravillas de los comienzos de la predicación evangélica”.

El Espíritu no está agotado, no está desgastado, es el mismo de los primeros tiempos y tiene la misma potencia, y así como transformó a los primeros te quiere renovar a ti y a mí, quiere renovar nuestras comunidades. Por eso, los invito a examinarse personal y comunitariamente cómo estamos en la docilidad al Espíritu Santo. ¿Estamos llenos del Espíritu como aparecen las personas en los Hechos de los Apóstoles? ¿Estamos medio vacíos de Espíritu o vacíos? Veámoslo en las siguientes dimensiones de la vida cristiana.

  1. CON EL ESPIRITU PODEMOS AMAR SIEMPRE Y A TODOS. En Rom 5,5 san Pablo nos dice que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que nos ha sido dado. Sin el Espíritu no podemos amar, quedamos a medio camino y nos llenan nuestros juicios, intolerancias y egoísmos y nos cerramos en nosotros. El Espíritu derramado en nosotros hace posible que amemos incluso al enemigo, que no resistamos al mal poniendo la otra mejilla deteniendo así la violencia. El Espíritu nos da un corazón católico, universal, que ama a todos.

  2. CON EL ESPIRITU LA PALABRA DE DIOS ES VIVA Y ACTUAL Y LA CREEMOS (Verbum Domini 5). San Juan Pablo II nos decía que el Espíritu Santo es el maestro interior (Catechesi Tradendae 72): “el Espíritu Santo es pues, prometido a la Iglesia y a cada fiel como un Maestro interior que, en la intimidad de la conciencia y del corazón, hace comprender lo que se había entendido pero que no se había sido capaz de captar plenamente” Sin el Espíritu no podemos creer, nos llenamos de preguntas, vacilaciones y quedamos paralizados como los apóstoles antes de Pentecostés. El Espíritu hace que la palabra proclamada en la liturgia, en nuestras comunidades, en nuestra familia se actualiza y nos habla a nosotros hoy.

  3. CON EL ESPIRITU SOMOS IGLESIA EN SALIDA SIN MIEDO Y CON ALEGRÍA. EG 280. Para mantener vivo el ardor misionero hace falta una decidida confianza en el Espíritu Santo, porque Él «viene en ayuda de nuestra debilidad» (Rm 8,26). Pero esa confianza generosa tiene que alimentarse y para eso necesitamos invocarlo constantemente. Él puede sanar todo lo que nos debilita en el empeño misionero. Sin Espíritu no evangelizamos, hablamos de cosas humanas, de cosas razonables, de lo que hablan todos. Con Espíritu el que habla que hable Palabra de Dios (1 Ped 4,11)

  4. CON EL ESPIRITU COMPARTIMOS TODO. EG 178 Confesar que el Espíritu Santo actúa en todos implica reconocer que Él procura penetrar toda situación humana y todos los vínculos sociales: «El Espíritu Santo posee una inventiva infinita, propia de una mente divina, que provee a desatar los nudos de los sucesos humanos, incluso los más complejos e impenetrables” Sin Espíritu nos llenamos de excusas para vivir la solidaridad como nos dice el Papa Francisco en EG 270:”A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo.

  5. CON EL ESPIRITU VIVIMOS LA ESPIRITUALIDAD DE LA COMUNIÓN. Los Hechos de los Apóstoles nos dice que la primera comunidad tenía un solo corazón y una sola alma (Hech 2,42-47) Vivían la comunión. El Espíritu rompía sus barreras humanas y los ponía en comunión. Se daban cuenta que lo más importante, lo que nos une es la fe en el Señor resucitado y su amor por nosotros. Sin el Espíritu rompemos la comunión, la unidad y el amor muy a menudo como nos recuerda el Papa: EG 98. Dentro del Pueblo de Dios y en las distintas comunidades, ¡cuántas guerras! En el barrio, en el puesto de trabajo, ¡cuántas guerras por envidias y celos, también entre cristianos! La mundanidad espiritual lleva a algunos cristianos a estar en guerra con otros cristianos que se interponen en su búsqueda de poder, prestigio, placer o seguridad económica.

    Por eso Ven Espíritu Santo, a nuestros corazones. Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro. Mira el poder del pecado si no envías tu aliento. Mira Espíritu sin Ti no podemos nada, volvemos a nuestro estado natural y débil. Ven y renuévanos. Ven y llénanos de tus dones. Sopla el fuego del Espíritu a nuestras comunidades para que seamos luz del mundo en tinieblas y sal de la tierra sin alegría.

    Un obispo ortodoxo en 1968 nos aclaró la diferencia que existe cuando uno se deja guiar por el Espíritu y cuando no lo hacemos. Él dice: Sin el Espíritu Santo, Dios está lejano; Cristo en el pasado; El Evangelio es letra muerta; La Iglesia, una simple organización. La autoridad es una dominación; la misión es propaganda; El culto una evocación; Y el obrar cristiano, una moral de esclavo.

Pero en el Espíritu y con el Espíritu,
Cristo resucitado está aquí, El Evangelio es potencia de vida,
La Iglesia significa comunión trinitaria, La autoridad es un servicio liberador,
La misión es un Pentecostés, La liturgia es memorial y anticipación,
El obrar humano es deificado... Él es Señor y Dador de vida (Ignacio Hazim de Lattaquié).






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