Espiritualidad de los discípulos misioneros
según el Documento de Aparecida

Mons. Santiago Silva Retamales
Vicario de Pastoral

 

1-        El carácter discipular de “ser en Cristo”

            La vocación del discípulo misionero se desarrolla en el capítulo IV del Documento de Aparecida (= DA): «La vocación de los discípulos misioneros a la santidad».

“Vocación” es lo que un discípulo está llamado a vivir “en Cristo” (DA, nº 352), es decir, aquello que lo identifica como discípulo “de Cristo” sin lo cual no puede ser llamado con total propiedad “cristiano”. Esto significa que la “vocación cristiana” se define por su “carácter discipular”: seguir a Jesucristo para vivir en Él. Así lo muestran las fórmulas de seguimiento empleadas por Jesús: «Ven y sígueme» (Mc 10,21), «Vengan detrás de mí» (1,17).

Los Obispos en Aparecida lo dicen así: «La naturaleza misma del cristianismo consiste en reconocer la presencia de Jesucristo y seguirlo». Luego explican: «Ésa fue la hermosa experiencia de aquellos primeros discípulos que, encontrando a Jesús, quedaron fascinados y llenos de estupor ante la excepcionalidad de quien les hablaba, ante el modo cómo los trataba, correspondiendo al hambre y sed de vida que había en sus corazones» (DA, nº 244).

Quien sigue a Jesús es para vincularse a Jesús de Nazaret en cuanto Mesías e Hijo de Dios (Mc 1,1). Porque es relación intensamente personal, el seguimiento exige una respuesta conciente, libre y fiel, de sostenida imitación y configuración con Él, de aprendizaje e interiorización de sus enseñanzas…

Con cuatro términos el Documento de Aparecida presenta lo distintivo del carácter discipular:

a-   Vincularse a Jesús resucitado como “amigo” y “hermano”. El Espíritu nos identifica con Cristo -como don de amor del Padre- uniendo su vida salvífica a la nuestra para hacer que nuestra historia sea salvífica.

b-   La vinculación sacramental por el bautismo está llamada a convertirse en “configuración existencial” con Jesucristo en virtud de la opción por Él que lleva al discípulo a renunciar a lo que lo separa de su Señor.

c-   Este dinamismo discipular de creciente vinculación y configuración trae consigo la “misión”, entendida como aceptación de la luz y fuerza del Espíritu que hace posible el testimonio, como desborde de gozo, de lo que Jesús nos regala, y

d-   El discipulado se vive en “comunidad”, es decir, gracias a la comunión de los discípulos: la vinculación con Jesús es, por lo mismo, pertenencia a “los suyos”.

De este carácter discipular del “ser en Cristo” brota la espiritualidad cristiana entendida como impulso del Espíritu, de su potencia de vida, que moviliza y transfigura todas las dimensiones de la existencia y no se queda sólo en los espacios intimistas de la devoción.

2-        La espiritualidad que brota del carácter discipular

            Algunos rasgos explícitos de espiritualidad cristiana que menciona el Documento de Aparecida son:

2.1-     Espiritualidad trinitaria

Toda la vida cristiana debe alimentarse de la espiritualidad trinitaria que es, por sobre todo, espiritualidad bautismal (DA, nsº 240-242).
La experiencia de Dios-amor permite superar el egoísmo, y la de Dios-unidad, el individualismo, ambos tan característicos de nuestra cultura. La espiritualidad trinitaria es la de “creatura nueva” con nuevas e impensables relaciones con Dios (“hijos del Padre”), con los otros (“hermanos”) y las cosas (“servicio a la Vida”). Por lo mismo es espiritualidad cristológica, centrada en Jesucristo en cuanto Hijo del Padre, lleno de su Espíritu, y marcada por la donación de la vida y la “cruz” del Resucitado (DA, nº 242).

2.2-     Espiritualidad eucarística y centrada en la Palabra de Dios

            La Eucaristía «prolonga y hace presente el misterio del Hijo de Dios hecho hombre (Fil 2,6-8» (DA, nº 176). Por eso es la fuente de la vocación y misión del discípulo, lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo. La Eucaristía es «escuela de vida cristiana» (nº 175). Por la Eucaristía, «Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo»; toda la existencia del discípulo misionero será auténtica si adquiere «una forma eucarística» (nº 251).

La Sagrada Escritura es mediadora del encuentro con Jesucristo vivo cuando la interpretamos correctamente y la empleamos para dialogar con Jesús e interpelar la vida. Entonces es Palabra «salvífica y reveladora del misterio de Dios y de su voluntad» (DA, nº 172). La Lectio divina es una de las formas privilegiadas de empleo de la Escritura para alimentar el encuentro transformante con Jesucristo vivo (nº 249).

2.4-     Espiritualidad de comunión y participación en la Iglesia

            Si la vida cristiana se vive en la comunidad eclesial, hay que valorar y promover la espiritualidad de comunión, imprescindible para vivir la fe en pequeñas comunidades eclesiales vivas y dinámicas (DA, nsº 179; 309).

En unidad estrecha a la espiritualidad de comunión, el DA exhorta también a vivir la espiritualidad de participación. Ambas son principios educativos para formar al ser humano y al cristiano (DA, nº 368).

2.5-     Espiritualidad de comunión y de inserción misionera en la sociedad

            De la misión vivida como exigencia de un auténtico discipulado se deriva una espiritualidad de comunión misionera (DA, nº 203) y de acción misionera (nsº 284-285), que nos impulsen a testimoniar el Reino con gozo, fruto de la experiencia de Dios y de su amor, según el modelo de tantos apóstoles y santos.

La espiritualidad de la acción misionera está hecha de docilidad al impulso del Espíritu y a su potencia de vida. El Espíritu es quien «moviliza y transfigura todas las dimensiones de la existencia», conduce la misión y llena de ardor misionero al discípulo (DA, nº 284).

La espiritualidad de comunión misionera requiere repensar los organismos parroquiales como lugares de evangelización, superando «cualquier clase de burocracia». Esto exige sobre todo la configuración de consejos pastorales parroquiales conformados por auténticos discípulos misioneros preocupados por llegar a todos (DA, nº 203). En la base de todo, debe estar la conversión pastoral y la renovación misionera de nuestras comunidades (nsº 365-372).

2.6-     Espiritualidad urbana

            El hecho de que la mayoría de los cristianos vivan su discipulado en ciudades, laboratorios de una «cultura contemporánea compleja y plural» (DA, nº 509), exige una espiritualidad urbana marcada por algunas notas distintivas como la gratitud, la misericordia y la solidaridad fraterna (DA, nº 517c). Como «Dios vive en la ciudad» (nº 514), dicha espiritualidad nos hace sensibles al “rostro urbano” de Dios para dar sentido y contenido de fe a las dichas y desdichas propias de los ciudadanos sumergidos en variadas y complejas categorías sociales, económicas, políticas y culturales.

Esta espiritualidad está llamada a recuperar e integrar los elementos propios de la vida cristiana: «La Palabra, la Liturgia, la comunión fraterna y el servicio, especialmente a los que sufren pobreza económica y nuevas formas de pobreza» (DA, nº 517,g). La “espiritualidad urbana” debe transformarse en las ciudades en «pastoral de la acogida» (nº 517,i), de la atención evangélica al mundo del sufrimiento y de los excluidos, de la presencia profética del discípulo en su ciudad y en una pastoral de la belleza que abra a Dios y a su Palabra.

2.7-     Espiritualidad popular

            Los Obispos en Aparecida valoran la piedad popular como espacio de encuentro con Jesucristo que, en la mayoría de nuestros pueblos, corresponde a un «catolicismo popular, profundamente inculturado» (DA, nº 258). Ella, pues, no es un modo secundario de vida cristiana (nº 263). Expresiones espirituales de la piedad popular son las fiestas patronales, las novenas, los rosarios, las peregrinaciones…. Estos breves instantes de devoción condensan «una viva experiencia espiritual» (nº 259), cuyos valores configuran una «espiritualidad popular» que, aunque se vive en una multitud, no debe calificarse como «espiritualidad de masas» (nº 261).

Es una espiritualidad verdaderamente cristiana, porque conduce al encuentro con el Señor, integra «lo corpóreo, lo sensible, lo simbólico y las necesidades más concretas de las personas. Es una espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos que, no por eso, es menos espiritual, sino que lo es de otra manera» (DA, nº 263).